martes, agosto 04, 2009

Maleconazo con vuelta a la manzana.

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Era viernes 5 de agosto en un San Cristóbal de La Habana castigado por el calor, la avitaminosis y los asfixiantes apagones. Bajaba por la calle Zanja en mi bicicleta china, y al desembocar en Infanta un montón de gente excitada corría en dirección al malecón. Alguien gritaba que más abajo unas personas le habían caído a pedradas a los cristales del Hotel Deauville, y que ya estaban apareciendo los escuadrones de la policía y el contingente Blas Roca para controlar la situación.

Me acerqué a la zona de los disturbios tanto como la cordura me lo aconsejó. Mi hija pequeña esperaba por mí en Marianao, y tomar la ruta del malecón hasta la calle 23 habría sido un desvío imprudente. Algo sin embargo me decía que allí estaban viviéndose momentos históricos. Desde que tenía uso de razón, jamás había visto a tanta gente enardecida gritando consignas en contra del gobierno. “Libertad, libertad” y “Abajo Fidel” eran las más recurrentes en las gargantas de gente humilde, jóvenes y maduros, que pasaban junto a mí, muchos también pedaleando sus bicicletas chinas.

En la esquina con Carlos III me encontré con un viejo conocido, un practicante de wu-shu del barrio chino que había estado unas horas antes sentado en el muro de la bahía, esperando para ver si era cierto el rumor de que vendrían barcos a sacar a quienes quisieran irse, para viajar a los Estados Unidos. “Aquello se puso malo, asere”, me dijo, “la gente se encabronó porque se regó que la cosa no era allí, en La Punta, sino más cerca de la Oficina de Intereses. Llegó la policía, disparando al aire, y yo por si acaso me desaparecí de por todo eso…”

Esa misma tarde, a las cinco, pude ver en la televisión las imágenes que transmitió CHTV, el canal local de La Habana, y reconocí a algunos de mis amigos periodistas, jóvenes con poco tiempo de graduados, reportando desde la azotea del Hotel Deauville. La toma en picado dejaba ver a gente de todo tipo apedreando al inmueble, mujeres y adolescentes incluidos, habitantes de la ciudad que ya no aguantaban más la crisis y de manera violenta, equivocada quizás pero siempre comprensible, manifestaban su inconformidad rompiendo las vidrieras de lo que consideraron un símbolo de riqueza en medio de la hambruna general.

En la noche, a la hora de la emisión estelar del noticiero por las cadenas nacionales, ya no se vieron más aquellas imágenes, sólo planos cerrados con la llegada de un supuesto “pueblo” que armado con palos y cabillas había arribado al malecón para contrarrestar las acciones subversivas de un “grupúsculo de antisociales pagados por el imperialismo”. Cualquier cubano podía reconocer a los constructores del contingente Blas Roca, individuos de poca ilustración que habían sido trasplantados desde Oriente para construir instalaciones turísticas en la capital, pero serían fáciles de confundir con gente común a los ojos de cualquier extranjero que esa noche viese, en su país, las imágenes que CNN copió de la transmisión cubana.

Se veía llegar a Fidel en un jeep, mientras un épico locutor comparaba la escena con el arrivo del comandante a Playa Girón en el año 61. Lo que había presenciado con mis propios ojos, en vivo, aquí parecía un acontecimiento diferente. El invicto comandante en jefe caminaba partiendo el tumulto, mientras se escuchaban las consignas: “¡Esta calle es de Fidel, esta calle es de Fidel…!”, y ahí mismo entendí que la única manifestación real en contra del gobierno en La Habana había sido sofocada, no con armas o tanques, sino con el más taimado de los embustes.

Días después, cuando recorría El Vedado buscando un paquete de salchichas, me encontré con aquel amigo, uno de los periodistas de CHTV cuya voz había reconocido en la fugaz transmisión de las cinco de la tarde, y me contó que, efectivamente, al llegar las fuerzas represoras, la mayor parte de los que gritaban y lanzaban piedras, habían escapado a tiempo, y luego de dar la vuelta a la manzana, se pusieron a la cola del contingente Blas Roca a gritar las consignas a favor de la Revolución. Su posición privilegiada desde lo alto del hotel le había permitido comprobar hasta qué punto podían llegar la picardía y la doble moral de nuestros conciudadanos, cuando de salvar el pellejo y sobrevivir se trataba.

La olla de presión no llegó a estallar del todo en la ciudad. Semanas después el gobierno abrió la válvula con medidas que no podían esperar más. Accedieron a cierto tipo de comercio por cuenta propia y no encerraron a nadie más en la cárcel por llevar dos o tres dólares encima. Quizás llegamos a convencernos, mientras transcurrían los noventa y el nuevo siglo atracaba en el puerto de La Habana, que todo aquello no había sido más que un mal sueño.
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Pero otra vez llega el 5 de agosto a San Cristóbal de La Habana, y pasados quince años del Maleconazo, nuevas restricciones, nuevos apagones, nuevas avitaminosis sobrevuelan la ciudad, y una vez más el embuste estira sus músculos, confiado en que puede solucionar cualquier crisis con la maestría adquirida en sus cincuenta años de experiencia al frente de la nación.

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Fotogramas de un vídeo casero tomado desde un auto, el 5 de agosto del 94, donde puede verse a los policías apresando, encañonando y golpeando a un muchacho, presumiblemente un miembro del "grupúsculo de apátridas vendidos al imperialismo".




Una recopilación de imágenes clandestinas del Maleconazo.

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3 comentarios:

Ana Zilma Miranda dijo...

Así mismo Wichy, pero lo más increíble y de eso me di cuenta en Facebook casi nadie en la misma Habana pudo darse cuenta de lo que pasaba. Solo ahora 15 años despúes cuando vimos las imagenes le pusimos su real dimensión. Este post también me gustó mucho.
Un abrazo

Sergio dijo...

Recuerdo ese día como si fuese hoy. Venía de guira de Melena en la guagua Girón d elos profesores de las escuelas al campo y en G, nos cruzamos con el jeep del comandante. No sé si iba o venía. esa noche caminé con Hector y Clarita, los padres de Ilian, por las callles del malecón y aquello daba miedo. Los orientales con cabillas y con caras de pocos amigos, uno o dos cada 50 metros era facil reconocerlos y el malecón y las calles paralelas llenas de piedras y basura. No había visto estas imágenes. El maleconazo se lo comieron con papas con un pucherazo.

angel collado ruiz dijo...

La psicologia , no es para los locos, tal vez yo necesito un psiquiatra.
Cuando leo los "orientales" con cabillas (varillas) cada cincuenta metros, se me revuelven mas los sentimientos.
Cuanto odio, provoca hacia los orientales , (lease gente del oriente de la isla) no confundir con chinos de Zanja.
Esta actitud guatacona y a todas luces provocada por la ignorancia y el atraso que tienen una buena cantidad de orientales, evidentemente escogidos para estas funciones de tropas de choque, al servicio de la dictadura. Es aqui donde me trabo, donde no doy ni pa tras ni pa lante.
No sufren ellos, los orientales, las mismas situaciones, las mismas carencias, la falta de luz , de agua ,de comida, de una casita, de ropa, no son igualmente cubanos, no sufren los estragos del regimen o no les interesa, son un grupo privilegiado, son tan estupidos que no se dan cuenta que los estan usando y manipulando. Creen que cuando arda el cañaveral, van a ser invencibles. No recordarán los actos repudio cuando puerto Mariel, que así empezo todo y luego la gente se canso y respondio y hubo muertos de ambos bandos. Estoy tratando de darme terapia de grupo, Hermano, estoy tratando de no ser como somos la inmensa mayoria de los Habaneros sectarios y discriminatorios con la provincia, estoy intentando ser coherente dentro de mis frustraciones.
Pobres "orientales", nada tienen y a poco aspiran.